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El concepto de arte ha ido madurando con el paso de los años; antiguamente se consideraba un gran artista aquel, o aquella, que conseguían emular un gran paisaje, clavaba un retrato o pintaba de manera casi plagiaria la Sixtina de Miguel Angel.

Actualmente el arte se ha abierto a las emociones y a todo aquel “espectáculo de los sentidos” que consigue sacar al observador pasivo, aunque sea mínimamente, de su acostumbrada visión realista y lo transporta hacia un mundo paralelo que le permite el lujo superfluo de soñar.

Es el caso de nuestro artista destacado del día, Gilbert Legrand, que ha transformado los objetos más pasajeros y absurdos de nuestro entorno doméstico en pequeñas muestras de color, fantasía y, siempre, con un toque realista.

Seguro que tienes estos utensilios en casa, pero lo que es seguro también es que nunca lo habías visto bajo el prisma de Legrand. Su obra, casi pueril, transportan a la niñez a cualquiera que las vea e incita a jugar e imaginar extraños personajes donde no los hay. Fantástico:

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Para mi, el arte contemporáneo tiene mucho mérito. Antiguamente bastaba con abrazar el realismo, las teorías de Da Vinci y las proporciones renacentistas. Ahora el artista se rebana un poco más la cabeza, busca el esplendor donde no lo hay y hace de unas simples tijeras, dos enamorado dándose un acalorado beso. ¿no es fantástico? Ya no basta con el calco situacional de la época de Velázquez, sino que se necesita un ojo avizor para ver maravillas donde otros solo ven cotidianidad.

Éste es el secreto del buen artista, la doble visión que hace de un mundo que ha perdido todo su brillantez, apartando lo feo de la realidad mundana y ofreciéndote otra realidad alternativa que te haga olvidar las manchas de nuestra sociedad.

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