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Nunca olvidaré el día que mi profesora de filosofía, Ana, nos explico las teorías de Nietzsche. Yo andaba en aquel entonces en el 3º curso del ya desaparecido BUP, a un paso de COU, esa meta que, cuando aún no tienes los 18 años, parece el fin de tu adolescencia; bendita inocencia. Quizás, lo que más me llamo la atención de las teorías de este alemán fue su concepto de nihilismo, algo que me ha acompañado hasta hoy y que creo que nunca voy a olvidar; según este filósofo, durante la Edad Media, el Hombre luchaba en la Tierra para conseguir el perdón de Dios y la subida al bendito paraíso; había un miedo atroz a las pasiones carnales, los pecados mundanos estaban mirados con lupa y había una razón para vivir en esta calamidad que es la vida, y era conseguir el disfrute eterno. Con la llegada del Renacimiento, el Hombre pasó de lo ideal a lo terrenal y se centró en él mismo; ahora lo importante no era el después, sino el aquí y el ahora. Surgió la Revolución Industrial, las máquinas y la cultura; el humano se hizo más cómodo y las invenciones se centraron en conseguir las facilidades. Pero, según Nietzsche, esta búsqueda insaciable escondía algo muy oscuro, que era la pérdida de una razón de vivir; es entonces cuando nos habla del Hombre nihilizado, es decir, sin razón de vivir, que busca vivir este río de lágrimas lo mejor posible pero sin un porqué concreto.

Volvemos a la actualidad y yo sigo creyendo que estamos nihilizados. ¿Cuántas veces te has preguntado para qué estamos en esta vida? Intentamos buscar el mayor número de momentos felices, adquirimos bienes que nos prometen felicidad espontánea y luchamos por que, esa sonrisa que tan poco dura, se perdure en nuestro cerebro el mayor tiempo posible. No es que mis planteamientos estén llenos de tristeza es que es verdad que habitamos un mundo donde la pena abunda, el malestar se ha apoderado de la sociedad y el Hombre no consigue llenar el vacío que la religión dejó en la Edad Media; conste en acta que no soy una persona creyente, por lo menos en el Dios que nos inculca la Biblia; mentiría si digo que no creo en nada porque yo si que miro al cielo en esos días que no me quiero ni levantar, ruego a la estratosfera  que me ayude con mi situación y divago buscando esa cuerda que necesito para levantarme del suelo en el que me he estampado de bruces; y así nos colmamos con un poco de valentía, creyendo que, desde arriba, un ser superior, nos cuida y nos ayuda a pasar esos momentos tan crudos que todos tenemos.

Los artistas también se han hecho eco de esta situación mundial y muestran en sus obras la realidad que les ha tocado vivir; arte desgarrado que no deja de llamarnos la atención porque nos vemos reflejados en él y porque, en el fondo, nos gusta introducirnos en las calamidades de ese abstracto y refugiarnos bajo nuestra propia mierda. Somos una sociedad que está enferma pero que tiene remedio médicos para la mayoría de enfermedades, que hace que vivamos 80 años, pero con el suicidio como algo común y que profesa un bienestar materialista que está vacío por dentro. Hoy os quiero presentar a Zhang Peng, un maestro de la fotografía que me ha cautivado. Nacido en China, en 1981 y afincado en Beijing, se formó primeramente en teatro, señal que vemos en sus obras; las protagonistas de sus imágenes son niñas y jóvenes solas, vulnerables, rodeadas de sangre en bañeras, sentadas en sofás de fuertes tonalidades y con rostros que no dejan duda del mensaje que el autor nos quiere transmitir. Sensaciones lúgubres, pesadez sentimental y hartazgo existencial en los ojos pueriles de personajes que deberían mostrarse llenas de vida tan solo por el hecho de no haber comenzando a vivir aún.

¿No te ha quedado una sensación un poco negra en tu interior? A mi me ha pasado lo mismo, pero creo que es la impronta del autor, lo que desea que sientas cuando miras sus trabajos, para que sepas lo que su alma te cuenta. Su mensaje no es alegre, pero su forma de contártelo es sensacional.

Al observador pasivo nos queda un misión: intentar aprender de esto para cambiar nuestra percepción y ser felices por un solo instante, borrar de nuestras mentes lo que tanto nos aflige y agarrar ese cachito de luz para usarlo tantas veces como queramos. Se que el problema reside en que no tenemos una caja fuerte ni segura para que nadie nos lo robe, pero al menos, que cueste abrirla y que no sea tan fácil llevárselo como si nada.

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