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Hace tiempo leí un libro titulado “Las Nueve Revelaciones”, cuyo autor, James Redfield, me cautivó. Yo tenía entonces la tierna edad de 17 años, un mundo entero por encontrarme y una situación de vida que cualquier cosa que me inspirara la palabra “destino” me cogía de manera muy profunda. Si no conocéis esta obra te presenta el descubrimiento de un manuscrito en tierras de Perú, cuyo contenido había sido ocultado durante siglos por la Iglesia y que te revelaba, como su nombre indica, los 9 puntos necesarios para vivir de forma plena el camino de la existencia humana. Es un libro mágico, que te permite sumergirte en su lectura y vivir las peripecias de su protagonista en el descubrimiento del famoso manuscrito cuyas revelaciones le llegan en 1º persona y cuyas vivencias te ofrecen la licencia de convertirte tu en el joven que viaja en busca de la verdad divina.

Entre estas verdades encontramos una que a nadie de nosotros nos pasará desapercibido, la fuerza de la Naturaleza a la hora de recomponer nuestras energías, que son definidas como un bien preciado, que se obtiene, se comparte y se roba entre humanos y cuya fuente principal está en esos bosques y arboledas que, afortunadamente todavía, cubre la mayor parte del planeta Tierra, junto a los océanos.

¿Quién no ha  sentido la necesidad vital de correr lejos de la civilización y escaparse al campo, aunque sea un ratito, para respirar aire fresco y ver el mundo de otra forma? Vivimos demasiado deprisa, no tenemos tiempo de sentir nuestro ser y cuando echamos cuenta de nuestro espíritu, hallamos un ser delgaducho y desinflado que no consigue sostenerse a sí mismo. En esta tesitura valoramos lo que nos ha regalado la Tierra de forma gratuita, sin pedir nada a cambio y a la que, en demasiadas ocasiones, no correspondemos de forma adecuada: talamos árboles, quemamos bosques y ensuciamos nuestro entorno como si fuéramos los reyes del mambo, cuando en verdad  solo somos caprichos pasajeros creados por el ente que estamos destruyendo poco a poco. Afortunadamente encontramos artistas que quieren hacernos conscientes de lo que poseemos y ofrecen sus mejores cualidades para que nos demos cuenta del valor de lo que tenemos. Hoy hablamos de Keith Jennings, un escultor que comenzó sus andanzas en 1982, tallando el tronco del árbol de su jardín y que ha sido reconocido por su “Tree Spirits”; para él, los árboles son espíritus calmados, que se muestran ante nosotros y que él simplemente ha sabido escuchar e interpretar. Sus palabras dejan claro su actitud: “No tengo mucho que ver con ello, la madera te habla, ¿sabes?”.  Los rostros que talla son seres armoniosos, en perfecta conjunción con el tronco que habita y que, en ningún caso, desentona o destroza la armonía de esos seres majestuosos presentes en la Naturaleza. Preciosas, para mi parecer:

He encontrado muchos post que hablan de terrorismo en contra de estas obras, ya que definen esta expresión artística como un sacrilegio en contra de los árboles y, en parte entiendo su forma de verlo, pero no se como decantarme. Me parece un trabajo excelente, precioso que, además, quiere transmitirnos lo interior de estos grandes seres que nos surten de oxígeno y que, sin ellos, no podríamos ni respirar. Pero al mismo tiempo han sufrido la talla de un tronco, el derramamiento de savia que ello conlleva y el destrozo de algo tan bello y tan antiguo como lo son sus troncos milenarios.

¿Tú crees que está justificado o preferirías haber visto esta obra en una escultura lejos de estas maravillas naturales? Pregúntatelo a ti mismo, pregúntaselo al mundo o mejor, pregúntaselo al primer árbol que encuentres a tu alrededor; solo él te sabrá decir la verdad.

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