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A veces parece que la sociedad camina hacia atrás. Hace poco leía en un blog un artículo que explicaba como las mujeres de Afganistán habían ido cambiando sus vestiduras con el paso de los años; en la época de los 60 se mostraban como una mujer actual de los países occidentales, vistiendo faldas, blusas sin mangas y hasta camisetas de tirantes; poco a poco se les fueron exigiendo ir más ocultas y lo curioso era como, con el paso de las décadas, hasta llegar a la actual, se iban ocultando bajo oscuros velos hasta la los años contemporáneos, donde se le exigía vestir el burka cada vez que caminan por las calles.

Este caso que trato hoy no es nuevo y ya hace tiempo que lo conocía, pero hoy me he decidido hablar de el; se trata de la costumbre victoriana que tenían las familias de fotografiarse con sus difuntos. En aquella época, hacerse un retrato era exclusivo de muy pocos debido a la escasez de medios, los pocos profesionales dedicados a este campo y el tiempo requerido para plasmar en el papel fotográfico las imágenes. Si pensamos técnicamente, fijar una imagen requería horas de quietud por parte del modelo; todos éstos peros convertían a la fotografía en algo muy especial e incluso hubo gente que solo guardaría el recuerdo de alguien cuando ya estaba muerto.

En el Siglo XIX, época del Romanticismo, la muerte se consideraba como una etapa más de la vida que toda persona debía recorrer en su trayecto, por lo que ese momento era tan importante que debía ser recordado para siempre. Las familias vestían con sus mejores galas al difunto, los rodeaban de sus enseres favoritos y todos envolvían al cadáver para el glorioso momento. La colocación del cuerpo era un handicap para el fotógrafo; a veces era colocado en un ataúd o en la cama, apareciendo ante la cámara plácidamente dormido pero en muchas otras ocasiones sus familiares optaron por sentarlos en sillas o incluso de pie junto a ellos, por lo que debían ser sujetos por detrás con barras de metal que se amarraban a las diferentes partes para conseguir rectitud. El rostro era algo que debía de aparecer flamante, las familias optaban, en muchas momentos, por pintar los ojos cerrados mostrando gestos terroríficos.

Ahora tenemos todo tipo de sistemas para mantener el cuerpo fresco o congelado durante los días que dura el velatorio; pero en el Siglo XIX todo ésto eran cuentos de ciencia ficción. Las familias debían esperar días a la llegada del fotógrafo o incluso coger el cadáver y personarse en el estudio fotográfico para poder conservar a su muertos para siempre. Pasaban los días y el Rigor Mortis aparecía, cosa patente en muchas imágenes y el estado de descomposición de los cadáveres era una etapa más, normal y natural de la llegada del cuerpo a la otra vida.

La muestra no tiene fin y puedo crear una galería de millones de fotografías porque hay mucha información por la red.

Ahora la muerte se ve como un momento muy decadente de la persona y todos los que nos quedamos en vida sufrimos para siempre esa pérdida. Es difícil comprender la formas en las cuales los antiguos interpretaban el fin de la vida; pero para mi, nuestra percepción actual es un retraso, porque todos morimos, todos descansamos y si yo tuviera que escoger vivir eternamente, firmo ahora mismo donde haga falta para que esto no me ocurra. En cambio, perder a un ser querido siempre es un gran trauma y no es aceptado por la mayoría de nosotros. He intentado que entendáis como la cultura se agarra a nuestra forma de ver las cosas y como nos catapulta hacia un lado u otro de la balanza. Esta claro que una fotografía no puede hablar de los sentimientos de sus personajes, pero solo el hecho de quererse retratar sin vida indica ya un “adelanto” frente a lo que nosotros consideramos impensable.

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