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Revisando el archivo fotográfico, he encontrado este tesoro que pocas veces ha visto la luz, yo creo que ninguna. La historia de este viaje es insólita, una de esas oportunidades que la vida te ofrece en mano y que no puedes negar porque te arrepentirías para siempre. De como yo y mi hermana acabamos en el otro lado del mundo, con dos mochilas, con un plano en mano y con un país totalmente diferente por conocer. Bienvenid@a al viaje de mi vida, bienvenid@s a Thailandia.

De estas imágenes hace hoy 11 años, aún no existía la fotografía digital y todavía cargaba con mi primera cámara analógica, es por ello su pésima calidad; fueron reveladas en Thailandia, donde la tecnología tampoco es para tirar cohetes y, posteriormente, digitalizadas en España, con un viejo escáner muerto hace años. A pesar de todos los inconvenientes, no he dudado ni un momento en hablar de ellas hoy y mostrarlas en mi post semanal, no solo por el valor sentimental que tienen para mi, sino porque me parecen cargadas de testimonios reales de un país del que muchas personas poco conocen, donde hay muchas ideas preconcebidas en occidente y que, cuando pisas el “País Libre”, (significado de Thailandia en Thai) ves que lo que te cuentan los medios de comunicación es solo una parte de todo lo que puedes vivir.

Este viaje era, principalmente, un viaje de novios. Había conocido a un francés con el que mantenía una sórdida relación a distancia (nunca os aconsejo hacer crecer el amor en la lejanía sin antes saber con quien te juegas los cuartos). Después de 3 meses juntos, con solo 3 semanas intermitentes de vivencias cara a cara, me propuso viajar todo el verano a Thailandia, 100 días codo a codo que nos dejaría claro si podríamos funcionar como pareja; el compró los dos billetes, luego yo aboné el mío religiosamente con el sudor de trabajar en una cafetería mientras cursaba mis estudios universitarios, y pusimos fecha para partir. Pero justamente en la última visita de Jerome a Málaga, ya que él se marchaba unas semanas antes, hubo una pelea decisiva, se descubrió el pastel y lo que se ya se veía venir hacía tiempo, explotó. Hago un pequeño inciso aquí con respecto a esto, por favor, nunca entréis en el juego de la culpabilidad con una persona, es el arma que muchos tienen para agarrar a alguien a su lado, es un juego poco sano, porque no se va a ningún sitio y, si lo estás viviendo, no es amor, es enfermedad.

Tras la ruptura definitiva yo tenía mi billete de ida y vuelta de tres meses a Thailandia y nadie con quien compartirlo. Así que mi hermana mayor, mi querida Digi, que en esos momentos me hacía una visita y era espectadora pasiva y activa de todo el cotarro amoroso, se apuntó a acompañarme y hacer el viaje juntos; no os puedo engañar, hubo momentos que casi nos matamos, nos separábamos cada uno por nuestro lado, incluso hasta una noche entera, en la frontera, ambos dos tirados en las calles dormimos, si es que dormimos, cada uno por su lado para calmar las aguas furiosas de nuestro carácter.

Estas fotos son un trabajo de los dos, no recuerdo cuales son mías y cuales suyas. Yo las digitalicé y las guardé como oro en paño, también guardo las originales y los negativos, pero fuimos cuatro ojos los que miraron a través de un solo objetivo para guardar para siempre el testigo de este maravilloso verano de 2004.

He decidido hacer en tres partes este post porque son más de 60 fotografías. Cada uno de ellos irá acompañado de historias de aquella experiencia inolvidable, anécdotas que transcurrieron durante nuestra estancia de tres meses en aquel país tan lejano ahora. Será imposible resumir en unas cuantas líneas todo lo acontecido porque las vivencias fueron demasiado fuertes como para poder transmitirlo a base de palabras, pero lo intentaré con todo mi corazón.

Ahora, ya sabéis el porqué dos hermanos cogen una mochila y se marchan a descubrir un país tan insólito como Thailandia, el porqué nos encontramos ambos dos a miles de kilómetros de nuestro hábitat y el contexto que nos llevo a descubrir una sociedad tan llena de misterios como lo es la thai.

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