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Cuando viajas a un país en el que tienes pensado quedarte 3 meses, y no tienes contratado paquete de vacaciones de antemano, todo queda relegado a la sorpresa, la improvisación y al transcurso de eventualidades. Yo opino, de todas formas, que un viaje organizado a priori pierde todo su encanto, si es cierto que hay países a los que no viajaría sino fuera de esta forma pero Thailandia no es uno de ellos. Desde occidente, podemos considerar este país tercer-mundista, sin recursos e inseguro; gran error de base, Thailandia tiene zonas ricas y zonas pobres, gente con dinero y gente en la calle y sus ciudades presentan la misma pobreza que hoy en día puedes encontrar, mismamente, en Málaga. En cambio, sus zonas rurales, son zonas tranquilas, con gente que tiene sus pequeños comercios, viven tranquilos y el viajante perdido puede ir tranquilamente sin temor a nada. Lo digo yo que estuve tres meses y viví mi experiencia particular.

Thailandia significa en el idioma thai, “país libre”; esta designación le viene dada porque a pesar de los múltiples intentos de asalto de otros territorios más poderosos como China, siempre aguantaron, resistieron y nunca se han visto avasallados, por lo que gozan de una cultura propia milenaria. Esto los hace auténticos, pero también aislados, en el sentido, por ejemplo del idioma.

Cuando mi hermana y yo arribamos a Bangkok y el sopetón de humedad tocó nuestras caras, el primer planteamiento fue donde iríamos. La primera paradas serían viajar al norte, para después descansar en las islas del sur, más acostumbradas al trasiego del turismo por sus conocidas fiestas en la playa. La zona turística de la capital por excelencia, Khaos San Road, dignifica a su nombre: 200 metros rebosantes de pequeños tenderetes con todo tipo de souvenirs, cafés, restaurantes y lugares recónditos de masajes con final feliz; un hervidero de turistas como hormiguitas que pululan para arriba y para abajo de un callejón sin salida; fuera de allí, grandes avenidas, mucha polución y tailandeses que corren de un sitio para otro sin detenerse para no absorber el incesante humo de los coches. Sinceramente, no es ningún paraíso y el lugar donde nos hospedamos era, por así decirlo, un agujero. Decididamente, nos marchamos de allí hastiados por el estrés, el ruido y la falta de paz de la ratonera thai.

Nuestro viajaba comenzaba en autobús, un handicap a la hora de moverte por el país; olvídate del AVE, o de RENFE, esto es otra historia. La lentitud del transporte es algo a tener en cuenta a la hora de patearte un país con la extensión de Thailandia. El norte tenía sus pequeños tesoros: algunas ruinas, parques naturales con monos y luciérnagas y un sinfín de kilómetros a 20 por hora. Pero lo que no sabíamos era las trabas del idioma, ya que saliendo de las zonas más turísticas el inglés no es más que un tipo que toma té con pastas en el otro lado del mundo. ¿Como buscar alojamiento, lugares espectaculares   o un simple restaurante si no te puedes comunicar con los informadores? Gran fallo de nuestro planteamiento. Todo muy bonito, mucha piedra pero de descanso nanai de la china. Momento fotos:

Subimos hasta Ayuthaya, creo recordar, pero ya no pudimos más con la situación. Creo que no habían pasado 10 días cuando volvimos a Bangkok, a Khaos San Road y al estrés de la ciudad para replantear nuestro siguiente destino. Recuerdo que aquella noche nos emborrachamos de cerveza tirados en la calle, nos reímos viendo la gente pasar y conocimos a personajes de todo tipo (no te puedes ni imaginar cuanta gente se acerca a ti estando sentado en la acera de una calle). Nos escapamos huyendo de un sitio y volvimos deseosos de gente, comunicación y vicios humanos, ironías de la vida. Fue una de las mejores noches de mi vida, nunca la olvidaré y, además, tengo un vídeo que atestigua este momento en el que mi hermana y yo, con una gran tontería encima, contamos nuestra situación tirados en la cama.

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