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Hace tres meses que comencé a colaborar con el Instituto Amía, en Málaga, una pequeña organización sin fines lucrativos que ayuda a las familias que han tenido un revés cuando su única ilusión era comenzar a formar una familia. Las niñas, como yo las llamo aunque ya son mayorcitas, me explicaron el proyecto, me hizo mucha ilusión y, a día de hoy, con miles de cosas para hacer en la faltriquera, no he querido desvincularme de esta preciosa idea.

Cuando una mujer siente como algo crece en su interior, su máxima es ver a la semilla de su amor creciendo en el mundo; es el fruto de su cuerpo, es un ser que ha crecido en su entrañas y, pase lo que pase, siempre será suyo. Pero el porvenir, tantas veces injusto, no siempre cumple con su camino y muchas mujeres, y sus parejas, ven como, después de esos 9 meses de cuidados, sintiendo sus pataditas, la vida tiene preparado otro destino y se lleva esta pequeñita persona al otro mundo.

La filosofía del duelo no es fácil para las personas que lo viven porque solo ellos pueden entender el malestar que genera el hijo que no han podido disfrutar. Es muy fácil decir que otro niño vendrá, que es mejor que muera ahora que más tarde o, incluso, sugerir que no ha pasado nada. Las niñas me han querido enseñar lo que una madre siente cuando el recién llegado se ha ido: una madre siempre será una madre, y ese hijo perdido siempre será su hijo y, cuando hablen de sus progenitores, por supuesto que será uno más de la familia.

Revisando la gran hemeroteca de internet me encontré con el proyecto StillBirth, una idea de la fotógrafa Norma Grau y que, desde Málaga, felicito por su gran aporte a una sociedad en la que ciertos valores se están perdiendo. Ella ha dedicado este proyecto fotográfico a esas familias que han perdido un cachito de su ser, que han dejado un vacío en sus vidas que nunca olvidarán y que ningún futuro hijo podrá sustituir. Su fotografía está dedicada a la sociedad, grita al mundo y a las personas que no vivimos la perdida de un recién nacido para que entendamos que el duelo que una mujer y un hombre tienen que pasar es insustituible. Es un grito a esos familiares que, sin ninguna mala intención, aconsejan a esos padres a olvidar, a pasar página y a continuar la vida como si ese bebé fuera ya agua pasada. Nos quiere enseñar que esos consejos no sirven y que el duelo es como una herida que tiene que curar porque sino puede quedar engangrenada y crear una infección.

Es un trabajo cargado de conciencia, de sufrimiento contenido y de un silencio que solo ellos pueden vivir. La imágenes valen más que mil palabras y los susurros de estas familias son como gritos al cielo por el bebé que siempre será, en el cielo o en la tierra, pero siempre será.

Desgraciada, o afortunadamente, la vida me ha puesto en una tesitura en la que nunca tendré que vivir este sentimiento tan duro porque dos hombres no pueden procrear, que le vamos a hacer. Pero el trabajar a diario con el Instituto Amía me está mostrando con lecciones lo duro que debe ser perder un hijo, más cuando de él solo te queda la ilusión. Es una lección que todos deberíamos entender, que nadie debería dejar pasar porque, tarde o temprano, puede estar cerca de ti.

Desde Andalucía felicito a la fotógrafa y creadora del proyecto, Norma Grau, porque en esta lucha de comprensión social estamos juntos y porque lo que ella quiere enseñar y nosotros queremos enseñar en Málaga son la misma asignatura, el respeto al duelo.

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